ESTOY EN CRISIS



 

Esta es la historia de Lucia, que un fatídico día y sin saber cómo cumplió cuarenta años. Tal cómo sopló la última vela, así de rápido, su vida cambió. La casualidad quiso que esa misma tarde alguien la llamara de usted, alguien joven, muy joven por supuesto. A partir de ese día y como si fuera un imán atrajo situaciones similares por donde quiera que pasara. Tal vez había envejecido diez años en un día, debiera ser…

Desde ese momento su día a día se convertiría en un ir y venir de angustia y llanto, miradas inquisidoras al espejo, insomnio y temores que iban corroyendo su ya maltrecha autoestima. Pasear comparando muslos y traseros
, cabelleras sedosas y cuerpos firmes, se convirtió en su pasatiempo favorito. El armario pasó a ser un enemigo mordaz que escupía verdades “esta ropa ya no es para ti” “debes vestir acorde a tu edad” “vas haciendo el ridículo” “tus hijos pueden avergonzarse de ti”…..

Lucía fue perdiendo el brillo en sus ojos, ella pensaba que era por la edad. La tristeza se instaló en su vida… Alguien sugirió ayuda profesional y, teniendo en cuenta que todavía le esperaban algunos años que sufrir hasta la llegada del final, se animó a visitar a un psicólogo, un hombre que no sabía cómo siente una mujer. El diagnóstico fue simple: “depresión”

¿Me das una pastilla para no recordar? ¿un tratamiento para poder continuar? ¿algo para poderme levantar por la mañana? ¿eso pegará las fotografías que he roto y escondido en un mueble? ¿o tal vez me ayude a volver  a jugar con mis hijos? ¿borrará el miedo que siento al paso del tiempo?

Las pastillas hicieron su labor. El sufrimiento parecía lejano, el sueño regresó y abrazó sus noches pero también sus mañanas. El día a día se podía soportar, tranquila, serena, sin mucho en que pensar pudo seguir cumpliendo con sus obligaciones laborales y maternales correctamente, como debe ser… Pero también se fueron los colores y las emociones. No sentir también tiene sus ventajas.

Después de unos meses aquél hombre resolvió que jamás tuvo depresión y retiró la medicación “en realidad lo único que tienes es angustia vital”. Dejar las pastillas fue más duro todavía porque su cuerpo reclamaba más de aquello y malestares varios se fueron sucediendo hasta que todo pasó.

Un día, pasados muchos otros de frío, caminaba sola mirando al frente y pequeños rayos del sol de primavera estamparon tibieza en su rostro, cerró los ojos un instante y sintió… Se apresuró en busca de un escaparate cualquiera y allí la encontró. La miraba a los ojos y luego de cuerpo entero, apenas si pudo reconocer su propia imagen, era una extraña para ella. La había ignorado mucho tiempo pero allí estaba firme y decidida, orgullosa y altiva, hermosa y joven. Pudo ver su piel, su anatomía completa, su cabello rubio alborotado brillaba bajo el sol. La imagen que le devolvía aquél cristal era hermosa, de una belleza completa que emanaba de dentro y su sonrisa procedía de la niña que vivía dentro.

El verdugo había desaparecido de su vida. Se apresuró, llegaba tarde, tenía que comprar una tarta de fresa, todos la estarían esperando, hoy soplaría cuarenta y dos y ya nada jamás la detendría.

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